
Sallent de Gállego
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Historia y patrimonio
Sallent de Gállego se asoma al embalse de Lanuza al pie de las cumbres más altas del Pirineo, ya muy cerca de Francia. Es la capital del valle de Tena y un pueblo de montaña de los de verdad: calles apretadas, piedra por todas partes y unas vistas que bastan para justificar el viaje. Parte de su término está protegido como monumento natural de los Glaciares Pirenaicos, así que el paisaje forma parte de la visita tanto como el casco urbano.
El edificio que hay que ver es la iglesia de la Asunción, un templo gótico levantado a principios del siglo XVI y declarado bien de interés cultural. Dentro guarda un valioso retablo plateresco y la imagen de la Virgen de las Nieves, patrona de la villa y muy venerada por los sallentinos.
Merece la pena recorrer el casco antiguo sin prisa y fijarse en las numerosas casas blasonadas que lo salpican. En pleno centro, el río Aguas Limpias pasa bajo el llamado puente romano, que en realidad es una obra del siglo XVI. Muy cerca está el Mentidero, una gran bancada cubierta y abierta a la calle donde vecinos y forasteros siguen sentándose a charlar. Es el mejor sitio para tomarle el pulso al pueblo.
Los blasones remiten a una historia larga. Sallent fue en origen villa de realengo y pasó después a ser señorío de la familia Lanuza. Junto a la vecina Lanuza formaba el quiñón de Sallent, uno de los tres territorios en que se repartía antiguamente el gobierno del valle.
Dentro del municipio se encuentra también Formigal, conocido por su estación de esquí. Allí llama la atención la pequeña iglesia mozárabe del Salvador de Basarán, del siglo X y reconstruida en 1972. Su silueta milenaria entre los edificios modernos de la estación es uno de los contrastes más curiosos del valle.
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